Un escondite incómodo

Un escondite incómodo

Cuando era pequeño, el jardín de mi casa era muy diverso. Me crié entre olivos, vides, laureles y cedros, y hasta plantas de café y aguacate, todo en el mismo patio. De esos árboles hay uno que tiene un papel curioso en la “botánica bíblica”.

Génesis 3,6-9

La mujer vio que el fruto del árbol era hermoso, y le dieron ganas de comerlo y de llegar a tener entendimiento. Así que cortó uno de los frutos y se lo comió. Luego le dio a su esposo, y él también comió. En ese momento se les abrieron los ojos, y los dos se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera y se cubrieron con ellas. El hombre y su mujer escucharon que Dios el Señor andaba por el jardín a la hora en que sopla el viento de la tarde, y corrieron a esconderse de él entre los árboles del jardín. Pero Dios el Señor llamó al hombre y le preguntó: —¿Dónde estás?

Los higos no parecen ser la fruta favorita de Dios, tal como lo demostró Jesús en el Evangelio (Lucas 13,6-9 y Marcos 11,12-14), y quizás esto se deba a un pasado turbulento que se tuvo con esta planta. Dándose cuenta de su pecado, Adán y Eva trataron de esconderlo. Sin embargo, habiendo tantas plantas en el Edén, me preguntaba de pequeño, ¿por qué escogieron la higuera para cubrirse? Las hojas de higuera dan comezón, y su savia puede llegar a causar dermatitis. Sabiendo eso, ¿por qué prefirieron taparse con la cosa más incómoda posible, en vez de admitir su pecado ante Dios? Tuve que crecer para entender que lo mismo ocurre cuando ocultamos nuestros pecados ante Dios y preferimos no confesarnos.

Al darse cuenta del engaño de la serpiente, los padres del género humano sintieron vergüenza y pretendieron ocultarse de Dios, sin saber que así solo empeorarían las cosas. Lo mismo nos pasa cuando pecamos e inventamos cualquier excusa para evitar correr a los brazos misericordiosos del Padre:

-“Me da pena con el padre”. Con un castigo de excomunión automática al sacerdote que revele un secreto de Confesión, la Iglesia se las ha ingeniado para que el sacramento de la Reconciliación sea un encuentro en plena confianza con el Dios Misericordioso. Y créeme, te aseguro que el padre ha oído miles de Confesiones sobre el mismo pecado que vayas a confesar, no se va a escandalizar no puedes inventar un pecado nuevo.

-“Ya he confesado el mismo pecado mil veces”. Pero como dice el Papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”. ¿El Padre que recibió al hijo pródigo con Misericordia, no te recibirá las mil veces que caigas? La misma Biblia lo dice “aunque el hombre santo caiga siete veces, tantas veces se levantará” (Proverbios 24,16). Si Dios mismo tiene paciencia con nosotros, y es el que más desea que seamos santos, ¿por qué nosotros no la tendríamos?

-“Yo me confieso directamente con Dios”. Es increíble escuchar en los testimonios la sensación de paz que sienten los protestantes convertidos al Catolicismo cuando se confiesan por primera vez y tienen la certeza de estar perdonados, a diferencia de cuando se confesaban ‘directo con Dios’ y se quedaban solo con un sentimiento vacío y abstracto de estar perdonados. Cristo les dio a los sacerdotes el poder de absolver los pecados (Juan 20,23; Santiago 5,16) para que su Misericordia no se recibiera de manera individualista sino por medio de su Iglesia. Además, el hecho de admitir tu pecado ante alguien representa un acto de humildad en reparación por haber cometido la falta.

¡Ya no hay excusa para no salir corriendo a confesarte la próxima vez que tengas la oportunidad de hacerlo! La Confesión, después de la Eucaristía, es uno de los mejores regalos que Dios nos ha dado, ¡basta una Confesión con arrepentimiento sincero para que Dios te perdone completamente y te renueve!

A continuación los 5 pasos para una buena Confesión y algunos tips para aprovecharla al máximo:

  1. Examen de conciencia: comenzar con una oración al Espíritu Santo y a la Virgen, para pedirles que te iluminen para poder realizar un examen honesto y sensato, comenzando por los pecados mortales o graves. Algunas personas realizan un examen de conciencia todas las noches antes de dormir y anotan los pecados para confesarlos cuando tengan la oportunidad. Para saber cuáles pecados cometidos han sido veniales y cuáles mortales o graves, lo mejor es acudir a un buen sacerdote, un consejero espiritual con formación o al Catecismo de la Iglesia Católica.

  1. Propósito de enmienda: tener la intención de reparar el daño causado o de luchar para no volver a cometer este pecado. Esto no significa que más nunca se vaya a pecar, sino que se tiene una decisión firme de seguir a Jesús aunque, como humanos imperfectos, podamos caer.

  1. Arrepentimiento de los pecados: tener un dolor sincero por el pecado cometido, no sólo porque te hace mal, sino porque has ofendido al Dios que te creó y te salvó.

  1. Decir los pecados al sacerdote: no es necesario decir todos los pecados veniales, más sí los graves o mortales. Los pecados veniales se pueden limpiar de tu alma con un simple acto de contrición, sin embargo es muy útil confesar estas imperfecciones porque le confesión también te da las gracias necesarias para superar estos malos hábitos. Recordemos ser sinceros, que vamos a confesarnos a nosotros, no a las demás personas, y que vamos a acusarnos, no a excusarnos.

  1. Cumplir la penitencia: se realiza una pequeña oración o un acto de caridad indicado por el sacerdote para reparar y aliviar la carga del purgatorio que causaría el pecado.

En los mandamientos de la Iglesia sólo es obligatorio confesarse una vez al año, sin embargo el Papa recomienda la Confesión frecuente, acompañada por la Eucaristía, para profundizar en la lucha espiritual, la humildad y el conocimiento de sí mismo, siendo así que los más santos son los que más se ven en necesidad de confesarse frecuentemente. ¡San Juan Pablo II se confesaba semanalmente! No sería un mal comienzo empezar con el propósito de confesarse por lo menos una vez al mes o cada dos semanas y cuando no se esté en estado de gracia. Aprovechemos lo poco que queda de este año de la Misericordia para acudir a este gran regalo que tenemos. No importa si llevamos años sin confesarnos, o si llevamos horas de haber cometido un pecado grave, Dios siempre está dispuesto a perdonarnos y las fuentes de su Misericordia son infinitas. No seamos estériles como la higuera en la cual, según la tradición, por no confiar en la Misericordia de Dios, Judas se ahorcó. No dejemos que Cristo haya venido en vano, no dudemos en correr a pedirle perdón.

-Ave María Purísima

-¡Sin pecado Concebida!

Samuel Saad
Samuel Saad

De Caracas, Venezuela con orgullo. Excolaborador del Regnum Christi 2015-2016. Estudiante de medicina en la Universidad Anáhuac. “Jesus promised his disciples three things – that they would be completely fearless, absurdly happy, and in constant trouble” –G.K. Chesterton

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