Primer paso: proponte ser Santo (Parte 1)

Primer paso: proponte ser Santo (Parte 1)

“¡Queridos jóvenes, tengan un corazón grande! ¡No tengan miedo de soñar cosas grandes!”, estas fueron palabras del Papa Francisco a los jóvenes reunidos en la Plaza San Pedro en el año 2013. Les confieso, que estas frases, después de dos años, siguen sonando en mi cabeza. Los jóvenes estamos llenos de vida. La pasión que tenemos dentro nos lleva, si así nos lo proponemos, a lograr sueños inimaginables. Vivimos soñando, imaginando el futuro, buscando vivir al máximo cada experiencia. Yo no soy la excepción. Estas palabras del Papa me marcaron fuertemente. Me costaba entender el por qué. Reflexionando las dos frases, tan obvias para mí, me di cuenta que no lo eran para muchos. Pero la verdad es que resultaron ser muy actuales y acertadas, ¡Cómo necesitábamos de ellas!

 
He podido notar en algunas personas que me rodean, un vacío que no les permite ver más allá de donde están hoy. Viven con los ojos pegados al celular, esperando alguna señal que les diga que las decisiones que toman son correctas o peor aún, cuáles deben tomar. Les vale más que se les reconozca como una persona exitosa en vez de luchar por sus sueños. Insisten que por ser jóvenes hay que disfrutar el momento, sin tener claro cuál es su ideal de vida y a dónde quieren ir. Ante todo esto, me pregunto ¿qué es lo que quiere Dios de nosotros los jóvenes?

 
Me cuesta entender cómo, incluso los que hemos comenzado una vida espiritual, caminamos día a día sabiendo cuál es el fin que hay que alcanzar, más no nos preguntamos cómo puedo mejorar el medio para alcanzarlo. San Juan Pablo II nos recuerda: “Queridos jóvenes, solo Jesús conoce vuestro corazón, vuestros deseos más profundos. Solo Él, que os ha amado hasta la muerte, es capaz de colmar vuestras aspiraciones. Sus palabras son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido a la vida. Nadie fuera de Cristo podrá daros la verdadera felicidad.” Este lema, que tanto nos identifica en Search, debe ser el centro de nuestra vida y el motor de nuestras aspiraciones. ¿Cómo podremos encontrar respuestas a todos nuestros proyectos, sueños, problemas y dificultades, si estamos distantes de aquél que nos conoce y ama más que nadie; quien sólo desea lo mejor para nosotros; que a pesar de todas nuestras faltas y sabiendo que le íbamos a traicionar, murió en la cruz para salvarnos? Solo Cristo puede colmar nuestras aspiraciones y es por esto que Él nos llama a cada uno de nosotros a ser santos.

 

Sí, ser santos. Pero no te asustes. En pocas palabras, ser santo es estar cerca de Cristo, aceptar y vivir su palabra. Una cercanía tal que permita a través de nuestra vida dar a conocer el Evangelio, imitando a aquel que “amó hasta el extremo”. “Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2), “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48), todos “los santificados en Cristo Jesús, estamos llamados a ser santos” (l Co 1,2). Pero, ¿cómo alcanzar algo que para tantos es imposible, alcanzable solo para unos cuantos, incluso anticuado? Trataré de responder a esta pregunta de la manera más sencilla, pero hay que saber dónde empezar. Antes de proponernos alcanzar la santidad quisiera exponer una serie de pasos que nos permitan conocer el reto para luego poder aceptarlo.

 

Paso 1.

 

Querer ser santo debe ser el primer paso. Pero ¿querer exactamente qué?, creo que hablar entre amigos y comentarles sobre el deseo de la santidad, para muchos, no debe ser el mejor tema de conversación o incluso no es el mejor deseo que uno puede compartir en la vida. Y es que muchas veces pensamos que ser santo significa renunciar a “todo aquello que nos hace feliz”, vivir de actos extraordinarios como “superhombres”, que es cosa de sacerdotes, religiosos y Papas, pensamos que los santos nacieron siendo santos. Mientras que la realidad es que los santos se hacen en las realidades de sus vidas, simplemente fueron hombres y mujeres que, ante un mundo tan necesitado del amor de Dios, vivieron intensamente en la tierra con la mirada en el cielo, como decía Santa Teresita del Niño Jesús: “Voy a pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”. Esto es lo que hay que querer, que esa ilusión que nos motiva cada día a llegar al cielo, a lo más grande e increíble, podamos ponerla en práctica desde ya, para que la tierra pueda parecerse lo más posible a ese lugar en el que todos queremos vivir, apartándonos de tanta necesidad, dolor, abandono, egoísmo, superficialidad y otros males que solo nos demuestran la ausencia del bien, la falta personas que quieran ser santas.

 

Recordemos las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Mc 8, 36), yo me atrevo a agregar a esta frase, ¿qué pasaría si, como fieles cristianos comprometidos, nos decidiéramos conquistar nuestra alma y también al mundo? Querer vivir en un mundo mejor para nosotros, nuestras familias y amigos, para nuestros futuros hijos, querer vivir en un mundo más cristiano, lleno de fe, esperanza y caridad. Para esto se necesita de gente santa como San Eduardo Rey, Santa Gianna Beretta Molla, Santa Catalina de Siena, laicos que abrazaron un ideal de vida centrado en Cristo y en el amor, queriendo hacer de la tierra un cielo para todos nosotros, esto es querer ser santo.

 

Paso 2.

 

Reconocer que la santidad consiste en llevar a Cristo con nosotros en nuestro día a día, hagamos lo que hagamos y estemos donde estemos. Ser santos no trata solo de estar unas horas del día en misa o rezando un rosario, tampoco llevar encima crucifijos o estampas, sino que sea la base de todo lo que hagamos, una forma de ver la vida desde los ojos de Cristo y con Cristo al Centro. La santidad no se trata de una especie de vida extraordinaria practicable solo para algunos “genios”. Sino, saber invitar a Cristo a mis actividades diarias para que Él sea quien actúe y las santifique. Decía San Josemaría Escrivá: “Allí donde están vuestros hermanos, los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestros trabajos, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres. Dios nos llama a servirle en y desde las tareas cotidianas”.

 

 

Desde la universidad, en nuestras conversaciones con nuestros amigos, en el deporte, en almuerzo en familia, en el carro, en el trabajo, en el mercado, en las fiestas, convertir todas las actividades ordinarias no sólo en mis días, sino invitar a Cristo a ser el centro de ellas, siendo instrumento de Dios para dar a conocer y vivir Su amor. Dando siempre lo máximo que hay en mí por amor a Cristo. Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Consiste en hacer extraordinariamente bien y por amor lo ordinario”. ¡Eso lo podemos hacer cualquiera de nosotros!”. Cristo nunca nos pedirá algo imposible, nada que no podamos alcanzar, “todo es posible al que cree” (Mc 9,23). Por eso, San Pablo afirma: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4,13).

 

Paso 3.

 

El tercero y último paso es descubrir el santo que llevo dentro. Siguiendo las conversaciones de San Josemaría: “Sabedlo bien, hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de vosotros descubrir”. Todos los santos son diferentes, si lo piensas bien hay santos de todos los colores, continentes, y tiempos. Los hay de todas las profesiones: reyes, políticos, profesores, madres de familia, esclavos, médicos, deportistas, zapateros, empleados de hogar, religiosos, abuelos y niños. ¡Es impresionante! Si todos ellos lo lograron, ¿por qué nosotros no? Todos tenemos un santo dentro, indiferentemente a lo que nos dediquemos y hagamos. Dios nos ha pedido encontrar nuestra santidad ahí, en lo sencillo y ordinario, o no la encontraremos nunca.

 

 

Escuché hace un tiempo en una plática: “Ayuda en lo que te apasiona, para que te apasione ayudar”, que importante sería convertir esto en nuestro ideal de vida cristiana. Cada uno de nosotros tiene un talento especial: el deporte, el arte, la música, lo académico, el baile, la fotografía, los niños, los ancianos, la cocina… tú sabes mejor que yo. Sólo hace falta que nosotros lo descubramos para que así nos apasione servir a través del mismo. Piensa cuales han sido esos talentos que Dios te ha dado y ponlos a Su disposición. Aquello que más te gusta y hace feliz, ¡porque es ahí donde hoy Dios te llama a ser santo! Si pensamos en nuestras potencialidades, cada hombre puede llegar a ser santo o criminal. Si no fortaleces al primero, el criminal va adquiriendo fuerza en tu interior y crece por sí mismo. Entonces, el ser santo requiere de una labor perseverante y ardua en la educación del ser, haciendo lo que más nos gusta con amor y por amor.

 

En una continuación de este artículo compartiré algunas herramientas que nos pueden ayudar a dar estos 3 pasos.

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José Lam
José Lam

Estudio Ingeniería Industrial en la Universidad de Costa Rica, pero soy un venezolano “Pura Vida” (como dicen los ticos). No hay nada mejor que una pelota, cualquier deporte relacionado con esta lo juego y lo sigo, tan aficionado del fútbol que hasta digo que soy entrenador. Me gusta ayudar en lo que me apasiona, así me apasiona ayudar. Si algo me caracteriza, o al menos eso dicen de mí, es llevar a Cristo a donde sea que vaya y haga lo que haga. Es la mejor manera de servir y ser feliz. Mi sueño es llenar mi estadio antes de partir.

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