No podré encontrar a nadie igual

No podré encontrar a nadie igual

El dolor de terminar con una novia(o) a veces parece no poderse soportar. Cuando Luis me contó que acababa de terminar la relación, en sus ojos había muchos “recuerdas y besos” de tristeza que pesaban y hundían su existencia.

“¡No podré encontrar a nadie igual jamás!” “No me veo con nadie más”.

Me decía que no había sitio alguno que no le recordara a ella. “Voy a la universidad y ahí está. Voy a misa, y la recuerdo. Voy a casa de mis abuelitos el domingo, y ahí está. Voy al antro con mis amigos… ahí está”. En ningún lugar estaba físicamente…ni siquiera en el cine donde él fue con ella más de 30 veces, pero ante sus ojos, “estaba en todas partes”. ¿Cuál es la respuesta de un joven cristiano ante el dolor que viene del amor que se acabó?

Cuando Luis terminó de desahogar todo su dolor, sabía que no era fácil aconsejar, pues en ese momento habla sólo el corazón en quien mucho amó. Pero también la experiencia me decía que Jesús siempre tiene la última palabra.

“Luis, cuando el amor se va, hay siempre una oportunidad. Hay un vacío que indica. Hay oportunidad de escarbar en tu corazón: ¿Qué hay ahí? ¿Qué es lo que lo llena? ¿lo único? Y darse cuenta de que por más cosas –borracheras, otras mujeres, objetos, viajes…- que tú le des en ese momento, tu corazón siempre vuelve a la insatisfacción, a la tristeza.” Es momento de abrazarte a Dios, de llenarlo de paz.

El corazón del hombre siempre está incompleto sin la posesión de Dios. Por muy enamorados, cuando ya pasa la “pasión de todo amor”, se asienta la realidad. Esto es experiencia humana reiterada, una y otra vez, a lo largo de los muchos siglos y amores eternos expresados.

Por ello san Agustín escribía sobre Dios, diciendo:

Los que hemos perdido a un ser querido, ponemos nuestra esperanza en el Dios de la vida, en el Dios que no se pierde, que permanece firme en su designio de amor. Dios es el principio y el fin de nuestra existencia. En Él radica el sentido de nuestro vivir y de nuestro morir.

Ese vacío afectivo que tanto taladra el alma y corazón de quien se siente solo, puede ser llenado por el único amor que sacia el corazón humano. Es un modo de decirle a Dios: “Sacia todas mis delicias, Señor. Llena mis aspiraciones con tu amor único”. Y lo más hermoso es que ese dolor en ese vacío es “preparador” del amor final que Dios regala a cada joven. Del amor que Dios tiene reservado para ti.

El más astuto de los novios(as) sabe bien lo sabio de la regla: “¡Da el 60 y no pidas más del 40!”. Es un modo popular de explicar que en el amor siempre hay que relativizar un poco las cosas, no darles más importancia de la que tienen, y saber dejar un espacio en el corazón en el que nadie, sino sólo Dios, puede entrar. Un santuario personal, donde sólo “Dios y yo estamos”. Busca ahí, déjate amar por ese amor, y serás otro(a).

P. Jorge Obregón L.C.
P. Jorge Obregón L.C.

Sacerdote desde el día de mi Madre, el 12 de diciembre del 2009. Entre jóvenes me siento siempre joven, y mi trabajo me lleva por muchas partes, especialmente en Latinoamérica. Quisiera decirle a cada joven cómo hacer, qué hacer…quisiera quitarme el chip de los aprendizajes, y prestarlo a las personas. Al mismo tiempo, yo necesito el chip de los que van antes que yo, como mis papás, para seguir yendo por el camino correcto a la casa del Padre... Ahí será el mejor “Search” del universo.

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