Las palabras convencen, pero el testimonio arrastra

Las palabras convencen, pero el testimonio arrastra

Muchos hemos tenido experiencias que nos han cambiado la vida, que nos han cambiado la manera de pensar, que nos han marcado y nos han hecho dar un giro de 180 grados. Esta experiencia pudo haber sido un retiro, Search, unas Megamisiones o quizá simplemente el testimonio y ejemplo de una persona que admiramos. En fin, un evento que nos hizo saborear un pedacito de cielo y que desde aquél entonces nos ha hecho tomar un rumbo diferente al que manteníamos anteriormente.

Sin embargo, con frecuencia regresamos al “mundo real”, en nuestras familias y con nuestros amigos, y nos damos cuenta de que todo está tal cual como antes: los mismos problemas, las mismas actitudes. Salimos con mucha emoción, con alegría por este nuevo tesoro que hemos descubierto, pero nos desconcierta que las personas que más queremos no compartan este entusiasmo, que no lo comprendan, o incluso que se burlen de las nuevas decisiones que tomamos. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué nos frustra tanto? ¿Qué podemos hacer en estas situaciones?

En una ocasión una amiga, que regresó emocionadísima de Megamisiones de Semana Santa, me estaba contando cómo fue toda su experiencia. Me contaba, aún con lágrimas en los ojos, cómo se había puesto a llorar cuando les ofreció Nestea (té helado) a los niños del pueblo, y ellos no sabían lo que era. Le desconcertaba que una persona pudiera transcurrir toda una vida sin probar una cosa tan buena, le entristecía el hecho de que una persona pudiera ser privada de semejante manjar. Por muy tosca que parezca la analogía, lo mismo ocurre con la fe.

A simple vista el té instantáneo no parece nada atractivo: un polvo color café con el que ensucias un vaso de agua. Tampoco la fe es atractiva para alguien que nunca la ha experimentado. En los primeros siglos del cristianismo, muchas personas creían que los cristianos eran una secta que causaba maldiciones, porque exaltaban a un hombre en una cruz, el instrumento de tortura más temido en la época. Esto siempre ha sido así, pero hoy en día hay incluso personas que tienen muchos prejuicios, que ya han vivido el cristianismo de una forma legalista que no los llenaba o que tienen alguna herida emocional que los aleja de la religión. Es necesario sentir una gran simpatía y confianza en la persona que nos ofrece té en polvo para probarlo por primera vez.

El error que cometemos muchas veces es el de exaltarnos, indignarnos, e incluso juzgar a los que no están de acuerdo con nuestras convicciones: la compañera de la universidad agnóstica “librepensadora”, el viejo amigo del colegio que sigue siendo un desastre, el familiar que “salió del clóset”, etc. Nos volvemos verdaderos fanáticos, y pensamos que estamos siendo santos al hacerlo, cuando esta actitud no surge más que de una forma de egoísmo disfrazado de celo apostólico. Cometemos lo que el Papa Francisco llama “alzheimer espiritual”: olvidar que alguna vez nosotros también estuvimos en la situación de aquél amigo o familiar que no cree o que está alejado de Dios. Y el primer paso para superar este error no puede ser más que el de la misericordia y la paciencia.

“Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: « Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad » (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas.”

-Papa Francisco, Amoris Laetitia, 92.

El primer paso es aceptar y amar al otro tal y como es. El segundo paso es comprender que la fe no se transmite “por proselitismo, sino por atracción”. Tú no vas a convencer a alguien de que tome Nestea explicándole su composición química. De igual manera, aunque tengas un doctorado en teología, no vas a “convertir” a alguien a tu fe con base en argumentos y debates.

Por supuesto que ayuda siempre estar bien formados, no creer por inercia y tener razones para nuestra fe (1 Pe 3, 15), pero esto no es lo que va a convencer a las personas. Muchas veces las convicciones de fe y moral son muy personales y sensibles, y las personas tienen heridas y prejuicios muy arraigados. Si lo que quieres es ganar la discusión o demostrar que sabes más, nunca obtendrás frutos, ya que aunque la otra persona se dé cuenta de que está errada, su ego estará muy herido y no va a querer admitir que se equivocó. En cambio, si lo que quieres es el bien de esa persona porque la amas, entonces antes de hablar escucharás, comprenderás las razones por las que esta persona mantiene sus posturas, hablarás con respeto, tolerancia y amabilidad, y tendrás mucho fruto. Cristo dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16).

Dicen que San Francisco decía: “Predica el Evangelio en todo momento, y cuando sea necesario, predícalo con palabras”. También dicen que en verdad San Francisco nunca dijo eso, pero nadie ha dicho que no sean palabras que de verdad deberíamos aplicar a nuestras vidas. Vivir la fe con coherencia, naturalidad y alegría es más convincente que cualquier diatriba. Es más lo que transmitimos con nuestro ejemplo, nuestro testimonio y nuestros gestos de caridad día a día que con nuestras elucubraciones, por muy filosóficas que sean.

Por último, el tercer e indispensable paso es mantener una relación profunda con Dios por medio de la oración. La religión no es una serie de preceptos, sino una relación personal con nuestro Creador, y por ello mismo uno no puede dar lo que no tiene. La oración nos ayudará a purificar nuestras intenciones y nos guiará a encontrar nuevas e incluso ingeniosas formas de amar a nuestro prójimo.

El celo apostólico no proviene del deseo de dominio ni de querer tener la razón. El amor que nos hace compartir nuestra fe es el mismo amor con el que un abuelo enseña la foto de sus nietos a cualquier extraño que se encuentre. Es un amor que brota de la alegría y la emoción de tener algo valioso, y de querer compartirlo con los demás, porque es bueno, igual que el Nestea. Que todos podamos comprender esto y ponerlo en práctica, y que hagamos llegar este Nestea a todos aquéllos que mueren de sed.

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Samuel Saad
Samuel Saad

De Caracas, Venezuela con orgullo. Excolaborador del Regnum Christi 2015-2016. Estudiante de medicina en la Universidad Anáhuac. “Jesus promised his disciples three things – that they would be completely fearless, absurdly happy, and in constant trouble” –G.K. Chesterton

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