¿De cara a quién estás viviendo?

¿De cara a quién estás viviendo?

Hace algunos meses vi algo que llamó tanto mi atención que no me lo saco de la cabeza. Desde entonces, he querido escribir sobre aquella imagen que me hizo preguntarme cómo estaba viviendo mi fe católica. Se trataba de una cruz colgada en el pecho de alguien con la frase: “cualquiera puede usarla”. Al lado había otra imagen con un joven llevando una cruz a cuestas y decía: “Pero, ¿eres capaz de llevarla?” Me hizo cuestionarme sobre si estaba viviendo mi fe de cara a los hombres o de cara a quien realmente importa: Jesús.

Muchas veces vamos por la vida sin detenernos a pensar qué es lo que realmente quiere Jesús de nosotros. Van pasando los días y ni nos acordamos de que existe, nos metemos en la rutina de la universidad, del trabajo o del colegio, y dejamos a un lado a ese amigo incondicional que nos ha acompañado durante toda nuestra vida. Ya no vamos a misa los domingos, se nos olvida agradecerle por cada día más de vida y de contarle lo que nos pasa así como uno hace con los amigos.

Cuando esto empieza a ocurrir, nuestra llama se va apagando lentamente y nuestra oración se vuelve fría. Es aquí donde empiezo a preguntarme por qué me cuesta tanto mantener esa unión con Jesús, ese hombre que murió en la cruz por mí y que me amó desde antes de nacer, desde toda la eternidad; ese hombre que dio su vida por los pecados que he cometido, los que hoy cometo y los que cometeré, porque a Él no le importa cuantas veces caiga, si no cuantas veces vuelva la mirada hacia Él para pedirle que me ayude a levantarme.

Cada vez que miro la cruz siempre busco comprender que esa es la prueba de amor y misericordia más grande que hay, y que es inmerecida. Pero también veo que Jesús quiso dármela para que yo fuera feliz, porque está obsesionado con mi felicidad. Es por eso que no puedo pasar por la vida como si nada, no me puedo dejar envolver por las cosas banales del mundo. Pero sobre todo, no me debo avergonzar de hablar abiertamente sobre mi fe, de que las personas que están a mí alrededor noten ese “no sé qué” que hace diferente a un cristiano.

Es aquí donde encontramos personas que dicen ser católicas pero que sus actos y actitudes demuestran lo contrario, que frecuentemente viven de cara a los hombres o visten la cruz para ser vistos. Y es que ponerse un accesorio es muy fácil. Pero, ¿cómo está mi relación con Dios y con la Virgen? ¿Qué tanto hablo con ellos durante el día? ¿Los busco solo cuando tengo problemas o acudo constantemente a ellos? Hago de mi día una oración o sólo rezo para que me vean? ¿Voy a misa por convicción o para que las personas que están a mi alrededor no me juzguen?

Llevar la cruz va más allá de una simple decoración o un simple accesorio. Llevar la cruz es aprender a aceptar y a vivir con amor esas situaciones que pone Dios en mi vida y que implican sacrificios. Es aprender a ver la mano de Dios en los momentos difíciles. Tal vez no siempre tendré una respuesta para todo, pero sí debo tener la certeza de que Jesús va de mi mano y me acompaña en cada paso que doy.

La cruz es lo que me recuerda que alguien dio su vida por mí. Me lleva a mirar nuevamente a Jesús a la cara y reconocer con humildad que sola no puedo, que sin Él no soy capaz de llevar mi cruz, porque sin Él esa cruz pierde sentido y se hace mucho más pesada, se vuelve tormentosa. Hoy te invito a que te preguntes cuál es esa cruz que Dios te encargó y de qué manera la estás llevando. ¿Con amor? ¿Con odio? ¿Con desesperación? Luego pregúntate: ¿Dónde tengo puesta mi mirada?

Mariana Isaza Restrepo
Mariana Isaza

Feliz enamorada de Dios, estudiante de fisioterapia, apasionada por servir a Dios en todo momento. Me encanta viajar, ver paisajes, conocer culturas, ir de misiones y llevar a Dios a todo rincón donde vaya.

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