Cuando era un iceberg

Cuando era un iceberg

En una de mis clases de hoy, una profesora nos comentaba acerca de los icebergs, cómo esas masas de hielo se desprenden de las zonas polares y son arrastradas por corrientes marinas. A primera vista aparentan no ser muy grandes ya que tan solo un 10% queda visible a la superficie, pero es el otro 90% el que queda inmerso en el mar.

Esta explicación no hizo más que recordarme a mí misma hace algún tiempo, porque así me sentía cuando no tenía a Dios en mi corazón. Me había desprendido de Él, me había desprendido del sentido de la vida.

“Pero que pida con fe, sin vacilar, porque el que vacila se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento” Santiago 1:6.

Esas olas me habían arrastrado, el egoísmo, la impaciencia, la vanidad y la pereza, me estaban hundiendo cada vez más hondo y cada vez más lejos. Todos a mi alrededor veían únicamente el pedacito del iceberg, sin embargo, solo yo conocía lo que había debajo.

Pero él me respondió: Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad. Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.        2 Corintios 12: 9-10.

Y así entendí que cuando soy débil, entonces soy fuerte, y solo así fue que salí a flote, en el momento en que más vulnerable me sentí, fue donde me encontré cara a cara con Cristo.

Él transformó mi corazón, me hizo darme cuenta que Él reside en el corazón de cada uno de nosotros y que es mediante el servicio y el amor a los demás, como puedo retribuirle todo lo que me ha dado. Y es que cada vez me sorprendo más de lo mucho que no veía antes, de lo mucho que me perdía, de lo ciega que estaba, de lo poco que sentía, de lo insensible que era ante la necesidad de los demás.

Pero si es que cuando no conocemos el amor de Dios, nos es difícil dar, porque damos esperando algo a cambio, ayudamos para que nos ayuden, aconsejamos para que nos aconsejen, amamos para que nos amen. Pero con Dios no es así, Él nos ha amado sin condición, aun cuando lo rechazamos, aun cuando le cerramos la puerta de nuestro corazón, Él nunca nos deja solos.

Dejé de sentirme como un iceberg porque ya mi corazón no me pesaba, ya no escondía esa masa de hielo que me jalaba al fondo del mar, había salido completamente a la superficie, era auténtica y lo más importante: más feliz que nunca.

 

Daniela Zamora
Daniela Zamora

Tica, estudiante de Nutrición y Administración. Vivo fascinada por las sonrisas, la hora del café y un buen libro. Con ganas de enamorarme cada día más de Dios y hacer de su palabra, una palabra viva; que irradie muchísima luz, especialmente a aquellos rincones donde hay más oscuridad.

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