Bienaventurados los que lloran

Bienaventurados los que lloran

El dolor y la pérdida son parte de la vida. A veces nos suceden cosas difíciles para que la gloria y el poder de Dios puedan revelarse en nosotros y a través de nosotros. Hoy quiero hablarles acerca de la importancia de cargar nuestras cruces con Jesús, compartir con Él nuestras penas y ofrecerle nuestro sufrimiento.

El dolor, leía hace poco, es el origen de los grandes descubrimientos de la vida. Es en medio del dolor, donde uno puede discernir, donde te das cuenta de lo que es realmente importante y lo que no, lo que vale la pena sufrir y lo que vale la pena dejar ir. Es ahí, en ese lugar lleno de oscuridad, donde uno tiene dos opciones: dejar que el desconsuelo me consuma lentamente o aferrarme a los brazos de aquél Dios que tiene ansias por sostenerme, por curarme y acompañarme. Podrán decir que todo esto se lee muy fácil, pero ponerlo en práctica es lo complicado y estoy verdaderamente de acuerdo con ustedes. Pero si de algo estoy completamente segura es de que, es por medio del dolor donde uno tiene la oportunidad de conocer a Dios.

Es en medio de la nada, donde podemos reconocer nuestras limitaciones; es al despedirnos de un ser que amamos, donde podemos reconocer la fragilidad humana; es en medio del dolor que observamos en el mundo, donde tenemos la oportunidad de ver con los ojos y servir con las manos de Dios.

“BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN, PUES ELLOS SERÁN CONSOLADOS” – MATEO 5:4

Este pasaje siempre ha sido muy especial para mí, pero este año ha sido mi inspiración para enfrentar cada uno de los retos que se me presentan. Esta bienaventuranza es para los que con paciencia sufren y soportan las contrariedades, las penas y las enfermedades, además de entristecerse profundamente por las ofensas que se le hacen a Dios; y es por ellos que escribo este artículo.

He tenido la oportunidad de conocer a personas que han encontrado esa fortaleza en Jesús, personas a las cuales hoy admiro con todo el corazón y que son testimonio de que “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”- Filipenses 4:13.

Es al ver ese verdadero sufrimiento, donde yo encuentro mis penas insignificantes; y claro que para Jesús no lo son, pero es viendo a estas personas aferrarse a Él donde puedo admirar su coraje e intentar imitarlas. Cargar nuestras cruces, como estas personas lo hacen diariamente, tiene un peso enorme. Pero si las compartimos con Él, el dolor, aunque continúa, se hace cada vez más soportable.

Ahora bien, hacerlo soportable no siempre significa comprenderlo. No conozco si verdaderamente hay un punto donde podemos darnos cuenta y realmente confirmar que todo sucede por alguna razón, de que en el cielo los planes son distintos y que se requieren más ángeles que estén cerca de nuestro Creador para poder obrar sus maravillas desde ahí. No creo que exista un momento exacto donde sepamos porque Dios tomó esa decisión que nos destrozó el alma, pero es justo ahí donde entra la fe.

Esa fe que nos hace reconocernos humildes ante los planes de Dios, que sabe que ir de la mano con Jesús es saber que yo no sé, pero Él sí. Ese dejarse acoger por su amor y amarlo de vuelta; sin comprenderlo, sin cuestionarlo, sin enfrentarlo, solo admirarlo y entregarle nuestros pedazos, para que solo Él y nadie más que Él, nos brinde la fuerza necesaria para continuar.

Los planes de Dios son perfectos y siempre tienen una razón de ser aunque aún no la encontremos. Lo único que podemos hacer es reconocer nuestra debilidad y limitación y vivir el día a día, con la esperanza de encontrarnos en un futuro con esas personas que hoy ya disfrutan a su lado. Dejar que esa sea nuestra motivación diaria para levantarnos, para ayudar al prójimo, para perdonar los errores, para dar sin esperar nada a cambio, para amar como Jesús nos enseña, esperando que cuando nos toque partir podamos reencontrarnos nuevamente con quienes hoy nos cuidan desde arriba.

El camino hacia Dios es el camino del corazón roto; atrévete hoy  entregarle esa preocupación, esa angustia, ese pesar que tanto te atormenta y déjalo curar tu interior.

Escucha ese llamado a ser misericordioso. Cada vez que sientas ese dolor inmenso en tu pecho, ofrece ese sufrimiento; cada que alguien te haga daño pide por él; pide que cada lágrima tuya se convierta en un momento de alegría o en una sonrisa para esa persona, pues tú no sabes las batallas por las que él o ella están pasando en este instante, mismas que atormentan a su corazón. Aprende a perdonar, a mirar a los demás con los ojos de Jesús, esos ojos misericordiosos que consuelan el alma.

Reconoce tu dolor como una oportunidad para acercarte más a Él, para unir tu sufrimiento al suyo. Que sea en medio de la adversidad donde encuentres la verdadera motivación para darte a los demás, para recordar que así como tú sufres hoy, muchos sufren de la misma manera allá afuera y ser testigo de su inmenso amor significa olvidarse de sí mismo, tomar tu cruz y seguir adelante.

Hay que tener siempre presente que, como nos recuerda San Juan Pablo II:

“En el corazón de Cristo, encuentra paz quien esta angustiado por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia, porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor para quien recurre a Él con confianza.”

Laura Berzunza
Laura Berzunza

“Mexicana, financiera y bailarina, enamorada de Dios y de la vida. Intentando ser luz del mundo y testigo de su amor. Mi mayor aspiración es aprender a amar hasta que duela, amar hasta el extremo, amar como Jesús”

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