Academia de vuelo

Academia de vuelo

La receta para una vida en Cristo es sumamente sencilla. Me gustan mucho los coches y los aviones, y creo que la siguiente explicación deja más que claro lo que debemos buscar lograr en nuestras vidas.

Nuestra vida se asemeja a un avión que intenta llegar al destino más grande de todos: el Cielo junto a Dios. Pero para que el vuelo llegue seguro necesitamos de varias ayudas.

En primer lugar, necesitamos que se nos marque el camino que debemos seguir para un buen despegue. Ese camino se marca por todas las personas que Dios pone en nuestro camino, ya que de una manera u otra nos iluminan el camino con su ejemplo, testimonio y consejo. Todas estas personas son todos nuestros familiares y amigos en Cristo que desinteresadamente buscan nuestro bien. De nosotros depende decidir si queremos una pista de despegue completamente iluminada, o con uno que otro foco fundido, ya que nosotros controlamos nuestras relaciones sociales y elegimos el camino que queremos seguir. Si nos rodeamos de gente con corazones puros, lograremos que el vuelo hacia Cristo despegue sin incidentes.

Una vez en el aire, necesitamos un sistema de navegación que permita fijar el destino correcto, y constante comunicación con la torre de control para asegurar las mejores condiciones de vuelo. En nuestras vidas, este sistema de navegación se traduce en sacerdotes y guías espirituales que nos marcan el rumbo que debe tomar nuestro vuelo. Si no buscamos una dirección espiritual correcta y frecuentamos a nuestros religiosos, nuestro radar de vuelo permanecerá obscuro y sin dirección. Ahora bien, la oración y el frecuentar los Sacramentos conforman nuestra herramienta más efectiva para comunicarnos con la torre de control más importante, la del Cielo. Esta torre siempre está ocupada, pero tiene una infinidad de líneas que funcionan 24/7/365. De nosotros depende hacer oración constante para no perder comunicación y podernos enterar de las condiciones que se presentarán durante el viaje. Las turbulencias son más comunes de lo que pensamos, pero si se viven en comunicación con la torre de control, todo es muy distinto. Pero no todo es mal vuelo, en caso de buen clima, igualmente la constante conexión a través de la oración nos permite disfrutar del vuelo y ver siempre más allá que un simple cielo azul sin rumbo.

Nada de esto es útil si no contamos con el mejor de los pilotos al mando de la nave, ya que nosotros no sabemos volar y debemos ser copilotos de nuestras vidas. Para nosotros los católicos, sólo hay un piloto lo suficientemente eficiente como para lograr el trabajo (tranquilo, puede con todos los vuelos al mismo tiempo) y este es Jesús. Este piloto tiene el mejor de los curriculums, promete perdonar todos los errores que cometas al volar la aeronave, promete corregir el curso de vuelo cuando este divague y promete ayudarte a eliminar las turbulencias, solo necesitas seguir sus instrucciones y pedirle ayuda.

A veces, el vuelo puede ponerse demasiado complicado, puede que nuestro trabajo como copilotos se complique aún más y que nos veamos agotados, pero para ello existe el mejor de los sustitutos: el Espíritu Santo. Este copiloto tomará el volante cada que se lo pidas, y te dará una satisfacción enorme sentarte en el asiento del pasajero y ver cómo, de la mano del piloto, conduce tu aeronave hacia cielos más abiertos y calmados, solo debes confiar en Él. Al final del día, en el Evangelio Él mismo nos dijo:

“Vengan a mí los que están cansados y afligidos, que yo les daré descanso.” – Mateo 11:28

Muchas veces cuesta trabajo entender el camino que Dios nos pone, no confiamos en que con Él y de su mano podemos viajar seguros y en la mejor de las aerolíneas, pero necesitamos poner de nuestra parte. Necesitamos trabajar para lograr tener a la mejor tripulación a bordo de nuestro avión, pero sobre todo debemos compartir esta sencilla lista de tripulantes con el mundo, para así asegurar la llegada de más y más pasajeros al aeropuerto más increíble de la vida: el Reino de los cielos.

José Eduardo Patiño
José Eduardo Patiño

Tengo 23 años, vivo en la CD.MX. estudio derecho y soy fanático de los coches. Cristo es el mejor de mis amigos y cada día me emociona más poder ser instrumento suyo para beneficio de los demás.

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