A Todos Nos Gustan Las Promesas

A Todos Nos Gustan Las Promesas

Si hay algo que nos caracteriza a los seres humanos es nuestra necesidad de sentirnos seguros en cada momento de nuestras vidas. El afán por saber que pasará mañana, cómo me moveré de una lado a otro, qué me va a decir mi amiga o mi amigo, o sencillamente tener la certeza de que las personas nos quieren, son muestras de esa necesidad que todos traemos dentro y que se hace vital para lograr mantener un estado de aparente tranquilidad y serenidad en nuestras vidas. En la búsqueda de esta seguridad, suele pasar que cuando hemos alcanzado una respuesta que esperábamos, vuelve a surgir seguramente un nuevo deseo de asegurarnos de algo más, y así sucesivamente, en un ciclo interminable. Y pasa que en medio de este anhelo de seguridad, los seres humanos nos valemos de una palabra que una vez que la escuchamos o la decimos, es como una especie de acto de magia. Esta palabra es la PROMESA, la cual, para quien la dice y para quien la recibe, representa un compromiso de cumplimiento de lo que se ha prometido.

 

 

Sin embargo, la cantidad de historias que comienzan con promesas pero terminan en desilusión son muchas. Esto no siempre es porque quien promete no tiene la firme intención de cumplir, sino porque al ser humanos y querer prometer tantas cosas como muestra del cariño que se tiene por otro, podemos llegar a quedarnos cortos de capacidad en este cumplimiento. Nuestra humanidad nos recuerda nuestro carácter limitado, por lo tanto, por muy grande que sea el deseo de nuestro corazón de hacer realidad la promesa hecha, en ocasiones fallamos. Faltamos a la promesa, y eso que se había convertido en el mayor gesto de seguridad para el otro, termina siendo el peor acto de deslealtad. Pero hay un ser de quien hemos recibido promesas y ninguna de ellas ha sido dejada en el aire, ninguna ha dejado de cumplirse, de hecho, esta persona no sabe quedar mal, es en sí misma la fidelidad, la lealtad y el compromiso, tanto así, que su vida vale cualquier promesa que salga de su boca, y esta persona es JESUCRISTO.

 

 

Son muchas las promesas que hemos recibido de Él, pero una en particular es la que más me entusiasma a mí en lo personal. Y es la promesa que Cristo nos hace de plenitud, porque creo que ese es el anhelo más profundo de nuestro corazón, alcanzar la plenitud en nuestras vidas. Por lo tanto, partiendo del principio de que Jesús es fiel y jamás dejará de cumplir ninguna de sus promesas, yo confío plenamente en que nos llevará (a mi y a ustedes) al cumplimiento de esta. De llevarnos de la mano a alcanzar la felicidad plena. A algunos les pasará antes y a otros después, pero podemos estar seguros de que pasará, de lo que no podemos estar seguros es del cómo ni del cuándo. ¡Solo Él lo sabe! Y una promesa similar vivieron los apóstoles 2000 años atrás, cuando Jesucristo les prometió que luego de que Él se fuese al Cielo les enviaría al Espíritu Santo para que les acompañara, les defendiera y los consolara. Una promesa así creo que resultaría bastante atractiva, ¿no les parece?, sería como tener un guardaespaldas 24×7 que no sólo cuide de mi, sino que a su vez sea quien me guíe y haga de mi lo mejor que yo pueda llegar a ser… Visto desde esa óptica, pues a mi sí que me parece tremenda promesa.

 

 

Esto es lo que celebramos hoy, el cumplimiento de esa promesa, en la que Dios, que no sabe hacer otra cosa sino amarnos y darse a nosotros, nos dejó su Espíritu, y tan cierto es que nos dejó algo de sí mismo, que podemos ver esta confirmación en el gesto de “exhalar” o “soplar” su Santo Espíritu como podemos leerlo en la liturgia de hoy. Este gesto para mí representa mucho, porque el hecho de que yo exhale o sople algo, quiere decir que estoy sacando algo que está dentro de mi, y eso mismo fue lo que hizo Jesucristo, le dejó a los apóstoles algo que estaba dentro de sí mismo, algo de Él. Es una realidad que estas cosas implican su toque de fe, pero lo que se, es que si busco respuestas a cada una de las promesas, en todas encontraré una pista de su cumplimiento y si no me creen, hagan el ejercicio de recordar algún momento de sus vidas en el cual hayan dicho o hecho algo bueno, tan bueno que ni siquiera sean capaces de creer que ustedes pudiesen haberlo hecho por si mismos, y cuando encuentren ese momento, ahí tendrán la pista de que en ese evento el Espíritu Santo fue quien les llevó, habló y actuó por ustedes, valiéndose de tu cuerpo, de tu voz, de tu mente, pero a fin de cuentas siempre fue Él.

 

 

Tenemos el cuerpo de Cristo en la Eucaristía, su presencia “física” y tenemos su presencia “espiritual” a través del Espíritu Santo… ¿Qué más podemos pedir?

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Isabel Monaco
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