Un cuento: Dios tenía otro…

Un cuento: Dios tenía otro…

Un rayo de luz entró por la ventana. Aarón lentamente abrió los ojos, entendiendo que era el amanecer de un nuevo día. Carpintero de profesión, la labor diaria requería comenzar temprano, aprovechando la luz natural que el sol brindaba. Calzó sus sandalias, ajustó su túnica y salió de su habitación. Saludó a su esposa, besó en la frente a su hijo y apresurado caminó al pozo de agua para lavarse la cara y refrescar la garganta. Era un día soleado y caluroso, como solía serlo día con día en la ciudad de Betania, y en general en la región de Judea. Presto para comenzar su labor, agradeció al Dios Desconocido por un nuevo amanecer y como cualquier otro día, se encaminó a su taller.

 

Un chorro de agua fría lo levantó de un largo sueño. Nahúm, molesto por la situación, soltó al cielo gritos e improperios por no poder dormir unos momentos más. Lía, su esposa, comenzó a gritar – ¡Los animales se han puesto locos! ¡Están deshaciendo el establo! –. Nahúm apurado salió corriendo a calmar al ganado. El establo era muy pequeño y se encontraba a pocos metros de la casa. Una vez estando allí, Nahúm tranquilizó a los animales y analizó la situación: las paredes se encontraban raspadas, la comida regada por todo el suelo y el agua vertida en todas partes. Sabiendo que todo aquello tenía como solución mera limpieza, se sintió aliviado, dispuesto a regresar a casa. Sin embargo, justo al momento en que iba a salir, lo vio. El pesebre de madera, recipiente en el cual comían sus animales, estaba hecho pedazos. – ¡Maldita sea! ¡Este día no podía ser peor! – pensó, quien sabía que solicitar un nuevo pesebre conllevaría invertir monedas. – ¡Lía! No llego para almorzar, he de ir a al taller de Aarón, ¡Necesitamos un nuevo pesebre! – exclamó Nahúm, quien subió a su caballo, listo para emprender el camino, sabiendo que el trayecto de Belén a Betania le tomaría cuando menos toda la mañana.

 

Habiendo aprendido la profesión de su padre, Aarón se había convertido en el carpintero más famoso de la región de Judea. Sus creaciones eran conocidas de Betania a Belén y de Belén a Emaús, por lo que no había momento que no tuviera trabajo; sus días eras pesados y ocupados, pero Aarón, hombre sumamente espiritual, siempre tenía una sonrisa para sus clientes y sus compañeros de trabajo. Mientras trabajaba en el respaldo de una silla que había solicitado uno de los hombres ricos de la región, comenzaron a sonar golpes en la puerta del taller. Apurado, se acercó a la entrada, abrió la puerta y apareció una figura conocida – No puede ser, ¡Nahúm! ¡Amigo! – exclamó Aarón. Enfundados en un fuerte abrazo, entraron al taller. Después de tener una corta pero profunda conversación sobre sus familias, Nahúm, aún molesto de la situación, explicó la razón de su visita y la necesidad de un nuevo pesebre, – No puedo tener a mis animales sin comida Aarón, ¡necesito del pesebre a más tardar mañana!, ¿crees puedas apoyarme? ¡Te pago el doble si es necesario! – Aarón, sin pensarlo dos veces, asintió.

 

Mientras despedía a lo lejos a Nahúm, Aarón se llevó las manos a la cabeza, pensando – No puede creer que me he comprometido a tener listo el pesebre para mañana, ¡tengo tantas cosas que hacer! –. Nahúm era su amigo hacía ya mucho tiempo, sabía que no podía fallarle, tenía que terminar el pesebre durante la noche para al amanecer del día siguiente, partir hacía Belén a entregarlo a su querido amigo Nahúm. Animado por una fuerza inexplicable y, poniendo amor, esfuerzo y detalle a cada trazo y cada corte, trabajó sin parar toda la noche.

 

Aarón, quien no había cerrado los ojos durante el transcurso de la noche, por fin terminó el pesebre. Al ver su creación terminada, se dijo a si mismo que ésta era la pieza de madera más bella que jamás había hecho. Era una pieza sencilla, simple y funcional, pero llena del esfuerzo y amor. Colocó el pesebre en su carreta, subió a su caballo y comenzó su camino a la ciudad de Belén, sabiendo que el trayecto le tomaría la mayoría de su día.  En la entrada de la ciudad, Aarón se encontró con una gran multitud de gente. Recordando el edicto del emperador César Augusto mediante el cual ordenaba a los ciudadanos a empadronarse en su ciudad, entendió las largas filas de personas que se encontraban en la entrada, por lo que decidió rodear y entrar por el extremo oriente de la ciudad. Cayendo el sol, Aarón divisó a lo lejos la casa de Nahúm.

 

Sentado en la mesa del comedor en compañía de su esposa Lía, un impaciente Nahúm esperaba la llegada de Aarón. Sabía que su amigo no fallaría con la entrega, pero caía el sol y sus animales se encontraban impacientes por la falta de alimento. Unos golpes comenzaron a sonar en la puerta, por lo que Nahúm, impaciente corrió, abrió la puerta y se enfundó en un fuerte abrazo con su amigo Aarón y exclamó – ¡Sabía que no me fallarías! Gracias mi querido amigo – mientras apresurado quitaba la cubierta de la carreta. El pesebre era la pieza de madera más bella que jamás hubiera visto. Era un simple y sencillo recipiente de alimentos, pero contenía una fuerza muy particular; Nahúm, sorprendido y sin entender sintió que su corazón brincaba de alegría.

 

Mientras llevaban el pesebre al establo, la noche caía en Belén. Nahúm, agradecido, invitó a Aarón a pasar la noche en su casa, para que no tuviera que regresar noche a Betania. Un agotado Aarón decidió aceptar la invitación. La casa era pequeña pero acogedora. Tenía dos habitaciones: la primera de ellas era considerada la principal, se encontraba al fondo de la casa y era de buen tamaño, por lo que se encontraba ocupada por Nahúm y su esposa Lía; la segunda habitación era muy pequeña, apenas para una persona, por lo que Aarón la utilizó para pasar la noche.

 

A media noche, unos golpes comenzaron a sonar en la puerta. Nahúm y Aarón, sorprendidos por el sonido a tan altas horas de la noche, abrieron la puerta y se encontraron con los ojos de una joven de no más de dieciséis años, quien los miraba con ternura y cariño; a su lado se encontraba un hombre fuerte y con presencia, quien les dijo – Mi esposa se encuentra encinta. Tenemos buscando posada desde que el sol cayó. ¿podrían recibirnos? – Nahúm, siendo incapaz de perderse de la mirada de la joven mujer frente a él, explicó que no tenía mas lugar en su casa, pero que tenía un pequeño establo a pocos metros de casa. El hombre, quien se había presentado como José, aceptó agradecido y junto con su joven esposa, de nombre María, entró al establo.

 

Un rayo de luz entró por la ventana. Aarón lentamente abrió los ojos, pensando que era el amanecer de un nuevo día. Calzó sus sandalias, ajustó su túnica y salió de su habitación. No podía creer lo que estaba viendo. Seguía siendo de noche, y el rayo de luz provenía de una estrella situada justamente por encima del establo donde habían colocado su pesebre y se encontraba reposando el hombre José con su esposa María. Sin pensarlo dos veces, despertó a su amigo Nahúm explicándole la situación. Los dos amigos salieron de la casa y se dirigieron al establo. Acercándose pudieron darse cuenta de que las puertas se encontraban abiertas. La luz cada vez era más fuerte. Encontrándose frente al establo, cayeron de rodillas. Aquella joven de la mirada tierna había dado a luz a un pequeño niño, quien se encontraba envuelto en pañales y acostado en el pesebre. Los dos hombres miraban atónitos. El hombre llamado José acariciaba lentamente la mejilla de la mujer llamada María. Los animales, con una tranquilidad nunca antes vista, miraban fijamente al niño envuelto en pañales, recostado en el pesebre hecho por Aarón; en el establo de Nahúm, que ahora resplandecía y brillaba. Comenzaron a escucharse cantos en los cielos que decían: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad”. Aarón y Nahúm comenzaron a llorar y a adorar al niño envuelto en pañales. Inspirados por su corazón, exclamaban – ¡Ha nacido el salvador! ¡Ha nacido el salvador! –.

 

Aarón, no podía contener el llanto, ¡sus manos habían elaborado el trono del hijo de Dios! Nahúm, atónito y lleno de alegría, no dejaba de sonreír sabiendo que el Salvador había decidido nacer en su establo. Minutos después, la joven mujer llamada María, les pidió que se acercarán. Una vez estando cerca de ellos, los miró fijamente. Los dos hombres, en los ojos de esa joven mujer, se encontraron con una mirada maternal, de tranquilidad y amor. María, acercándose a Nahúm, susurró en su oído – Gracias por permitir que mi hijo, Jesús, naciera en tu hogar. Tu salvador está aquí, no tengas miedo. – Haciendo lo mismo con Aarón, María susurró – Gracias Aarón por crear con tanto amor este pesebre. Jesús, es tu dios desconocido. El que tanto has esperado. –, y sonrió.

 

Siempre confía que en tu caminar y en tu historia, Dios está presente de una manera u otra, y cuando alguien te diga lo contrario, recuerda a Aarón y a Nahúm, que cuando menos lo esperaban, encontraron en ese niño envuelto en pañales recostado en un pesebre de madera al Salvador, y doblando las rodillas lo adoraron.

 

Así, así debemos reconocer a Cristo Jesús clavado en una cruz de madera, al Salvador, y doblando las rodillas hemos de adorarlo.

Nunca sabrás los alcances que Dios tiene para tus obras y para tus actos.[1]

El hombre que prestó su establo no sabía a quién lo prestaba. Dios, decidió fuera su primer hogar.

El hombre que construyó el pesebre tenía un propósito en mente. Dios, tenía otro

[1] Mark Hart

Edmundo Elias Loyola
Edmundo Elias Loyola

Soy un joven mexicano que intenta ser abogado, emprendedor pero siempre un soñador. Busco la felicidad, la trascendencia y cambiar el mundo. Sufro de hiperactivismo en Cristo, te invito a compartir mi trastorno.

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