NUNCA DEJAS DE ASOMBRARME

NUNCA DEJAS DE ASOMBRARME

Alguna vez escribí que Cristo era mi más grande escándalo porque cuando más me alejaba de Él, más cerca lo sentía en mí; porque cuando más errores cometía, más perdón recibía; porque cuando más lo negaba con mis acciones, más fuerte que nunca sentía su abrazo en mi alma. Y este fin de semana pasado, gracias a circunstancias inesperadas y a mi familia Chapina, confirmé y entendí aún más a fondo todas las razones que me han llevado a considerar a Cristo mi más grande escándalo.

 

Mi vuelo salía a las cuatro de la tarde hacia Guatemala. Decidí irme con tiempo de sobra al aeropuerto. Salí de la oficina sabiendo que había terminado todos los pendientes laborales y que podría tener tiempo de sobra para prepararme mental y espiritualmente para la experiencia que viviría el fin de semana. Llegué al aeropuerto, pasé seguridad, me senté en un café y comencé a leer. De repente, mi celular suena, era la oficina. Contesto, y mi piden con urgencia un documento. Me olvido de todo, tomo mi computadora y comienzo a redactar. Vocean mi vuelo. Corro al avión – el cual venía prácticamente vacío – llego al asiento 18C y continúo trabajando. No tenía a nadie a mi alrededor. Despegamos y cuando menos lo espero se escucha al piloto: “hemos comenzado nuestro aterrizaje”. El tiempo había pasado demasiado rápido. Guardo mi computadora y de repente escucho un “click”. Volteo a mi derecha y encuentro a un chinito con su cámara kodak (si, de esas que usábamos hace 8 años). El chinito estaba tan emocionado tomando fotos a través de su ventana a los bosques y selvas de Guatemala. Su sonrisa nunca se me va a olvidar, pero, sobre todo, nunca olvidaré la capacidad de asombro del chinito, quien estaba completa y verdaderamente asombrado con lo que veía y documentaba en su cámara kodak. Aterrizamos y no podía dejar de pensar en el chinito. No entendía por qué en su momento, pero ese fin de semana se encargó de darme una de las mayores lecciones que la vida me ha dado, y en gran parte, gracias al chinito y su manera de asombrarse.

 

Por fin llegué a mi destino. Me habían invitado por doceava vez (tercera en Guate) a un retiro católico de jóvenes para jóvenes. Al haber asistido tantas veces, sabía de memoria cada una de las actividades que haríamos y hasta que comida nos tocaría. La emoción de cada retiro era la misma, pero poco a poco lo había convertido en un mismo proceso y rutina. ¿Cuántas veces no hacemos esto en nuestra vida? ¿Cuántas veces hacemos tanto la misma actividad que nos olvidamos de porque lo hacemos? Como en un avión, donde olvidamos ver las maravillas de la naturaleza a través de una simple ventana y tomamos por garantizado que un aparato de cientos de kilos es capaz de transportar a cientos de personas de un país a otro, así es uno con Cristo. Lo experimentas y tienes un encuentro profundo con Él una, tal vez dos veces, y de pronto, olvidas la maravilla que fue sentirlo cerca y comienzas a tomar por garantizado que no tienes que continuar trabajando tu relación con Él. A todos nos ha pasado. A mí, estuvo a punto de pasarme este fin de semana, pero a través del chinito del avión, Cristo se volvió a encontrar conmigo y me regaló – de nuevo – la capacidad de asombrarme ante Él. El retiro que viví este fin de semana, no fue una rutina, no fue un mismo proceso. Fue una experiencia en Cristo tan profunda como cualquier otra que haya vivido. Logré volver a asombrarme y apreciar lo que Cristo hace en las personas.

 

Pude apreciar a un joven proponerle matrimonio a su novia frente al santísimo, y como ella, en un abrazo profundo le decía que sí, con Cristo como testigo. El ejemplo más claro que me ha tocado presenciar que cuando amamos a nuestra pareja como Cristo nos ama a nosotros, todo es más fácil. Y más aún, cuando los ahora comprometidos te dicen que su meta como pareja es rescatar el amor.

 

Pude apreciar como un joven me dio una de las lecciones de vida más bonitas que he recibido. Me recordó que el camino del cristiano no es fácil, que es una batalla diaria. Pero que vale la pena lucharla, y que, con Cristo, todo es más sencillo.

 

Pude apreciar como un joven, en diez minutos, me hizo recordar la meta de mi vida. Ser Santo. Encontrar la santidad en lo ordinario, en mi casa, en mi oficina, sin ser superior a los demás, sino dejando obrar a Cristo en mí.

 

Pude apreciar como tantos jóvenes que el primer día llegaron con ojos vacíos y sin entender que pasaría con ellos, regresaron el domingo a sus respectivas batallas llenos de alegría, de ánimos y de paz, con Cristo como su comandante.

 

De verdad que es un privilegio poder contemplar tan cerca lo que Cristo hace con la gente.

 

Y todo esto me sigue llenando de asombro. Asombro de que Cristo nunca se cansa de transformar los corazones de todos nosotros. Asombro de que cuando más me alejé de Él, más se acercó a mí; de que cuando más errores cometí, más misericordia sentí. Ese es Cristo. Ese es mi mayor escándalo, aquel que nunca dejará de asombrarme.

 

Edmundo Elias Loyola
Edmundo Elias Loyola

Soy un joven mexicano que intenta ser abogado, emprendedor pero siempre un soñador. Busco la felicidad, la trascendencia y cambiar el mundo. Sufro de hiperactivismo en Cristo, te invito a compartir mi trastorno.

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