Ahí estaba Dios

Ahí estaba Dios

Existen imágenes que impactan, en especial aquellas que involucran desgracias y tragedias humanas. Prueba de ello, el pasado 19 de septiembre, donde pudimos ver, con ojos llenos de lágrimas y corazones lastimados, el sufrimiento de tantas personas, que siendo desconocidas pareciere fueran cercanas a nosotros; edificios derrumbados, hogares destrozados; pánico en las calles, escombros ensangrentados, cuerpos sin vida.

 

Las tragedias forman parte de la memoria de todos nosotros, en la forma de esas imágenes, que como comentaba previamente, impactan y conforman nuestro pasado y presente. Pero al mismo tiempo, las tragedias son capaces de hacer brotar de las personas las imágenes más bellas, más cautivadoras, más consoladoras; imágenes que curan esos corazones lastimados y secan esos ojos lagrimosos; imágenes que nos hacen hermanos a todos, que edifican una sociedad caída y lastimada y que convierten el hogar de uno en hogar de muchos; encontramos entre los escombros de la sociedad, personas llenas de ánimo, corazón y compasión; encontramos cuerpos que parecían inertes pero que estaban llenos de vida; imágenes que nunca olvidaremos y tendremos presentes en los años por venir.

 

El terremoto que vivimos el pasado 19 de septiembre, exhibió a nuestra sociedad como lo que realmente es y debe continuar siendo: amorosa, de apoyo, de compasión, solidaria, pero sobre todo, caritativa. Tuve la oportunidad este fin de semana de vivir en carne propia la capacidad que tenemos los jóvenes de nuestro país. Pude apreciar como cientos de jóvenes, sin esperar nada a cambio, fueron capaces de anteponer su corazón a cualquier cosa, y desvivirse por personas desconocidas, como si las conocieran de toda la vida. Pude apreciar a familias enteras unirse y entregar su tiempo y esfuerzo para cargar un camión lleno de vida y futuro. Pude apreciar a empresas enviar a su gente y sus muchos productos sin esperar un beneficio económico. Vi cadenas de personas que cargaban las miles de cajas no con las manos, sino con su mismo corazón, puro y esperanzador. Y podría continuar describiendo esas muchas imágenes que seré incapaz de olvidar y que no quiero hacerlo, porque se, muy dentro de mí, que cuando pierda la esperanza en mí y en la sociedad, el apreciar ese camión lleno de vida y esos voluntarios llenos de pasión y cariño me llevará a entender y recordar que hay gente excepcionalmente buena.

 

La gente pregunta y se seguirá preguntando ¿Dónde estaba Dios en el terremoto? ¿Dónde estaba Dios para todos aquellos que perdieron todo? No soy capaz de decirlo ni creo que lo seré, pero lo que si te puedo decir, es que encontré a Dios entre los escombros, cuando una persona salía con vida y los cientos de personas alrededor del momento gritaban palabras de aliento y victoria al aire; encontré a Dios en las manos y piernas de los voluntarios, que con un amor desinteresado fueron capaces de entregar todo por los demás; encontré a Dios en las familias, empresas y personas que donaron lo mucho o poco que tenían; encontré a Dios en esas imágenes que ahora son parte de mí.

 

Tantas veces hemos escuchado que la virtud reina es la caridad, y en estos momentos creo que lo pudimos comprobar. El motor y fuerza de nuestra sociedad que se involucró en apoyar a las muchas víctimas de la tragedia que comentamos, no fue más que el amor al prójimo; ese amor desinteresado por los demás, ese deseo y hacer el bien por el otro. El amor que se vivió en las calles de los pueblos y ciudades afectados pareciere incomprensible y sobre humano, y es ahí donde radica la genialidad de Dios, quien nos entregó la capacidad de amar como Él mismo lo hizo con nosotros: intensa y desinteresadamente; un amor sobrenatural, universal, ordenado y externo.

 

¿Dónde estaba Dios? Ahí estaba, en ti y en mí. 

Edmundo Elias Loyola
Edmundo Elias Loyola

Soy un joven mexicano que intenta ser abogado, emprendedor pero siempre un soñador. Busco la felicidad, la trascendencia y cambiar el mundo. Sufro de hiperactivismo en Cristo, te invito a compartir mi trastorno.

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